La carretera costera era sinuosa, la noche era (obviamente) oscura. Nada de eso era ni la mitad de complicado de lo que ocurría dentro de su mente.
¿Por qué ahora? ¿Por qué sí, si realmente él quería decir no? Estaba bien, no quería más complicaciones, no quería tener que volver a exponerse a un daño que nunca traía nada bueno. Y también era consciente de que esa postura no solo no era la razonable, sino que le traería tedio, rutina y aburrimiento a su vida. Más del que ya tenía.
¿Por qué no, si realmente quería decir... que sí? Porque no. Porque la complicación que suponía tener que abandonar una serie de rutinas establecidas, unas costumbres adquiridas, una vida segura en aras de una vida completa rechinaba en lo más profundo de su ser. En lo más profundo de su ego, más bien.
Intermitente, incorporación, y un stop sin visibilidad. Maldijo entre dientes al conductor (¿era conductora?) que no le dejó pasar, y su mente se trasladó a otros tiempos, otros lugares, otras circunstancias y otras personas.
Nos dijimos adiós, y pasaron los años. Volvimos a vernos una noche de sábado.Otro país, otra ciudad, otra vida... pero la misma mirada felina.
Entendió que la canción, para él, nunca se había referido a una persona, o a un grupo de personas. Como siempre, todo lo que tenía relación con él y con su vida estaba sujeto a dobles, triples interpretaciones.
Se sentía volver, y volvía a sentir. El problema era que la hipotenusa no era igual al cuadrado de los catetos, porque sólo había un cateto. Aunque el otro cateto, le daba en la nariz a la muy... hipotenusa de su mente, no estaba lejos de él.
¿Sabría sobrevivir? ¿Querría intentar? Se sentía como una marioneta en manos de un actor que ya había decicido hacía tiempo coger las riendas, tomar los hilos, abrir las puertas, cerrar las heridas... Apagó con un bufido de frustración la radio. No tenía ánimo para Gloria Estefan.
¿Pero por qué estaba tan enfadado? se preguntó mientras hacía una rotonda por el carril incorrecto, ganándose la iluminación de varios pares de luces de carretera (las largas, para las amigas). Por el miedo, evidentemente. Miedo a lo desconocido, miedo a lo conocido. Miedo a repetir escenas de frustración, de control, de sabotaje, de manipulación, de maltrato. Miedo a perder una identidad que no tenía clara. Miedo a saber lo que iba a pasar antes de que pasara, miedo a que pasara lo que sabía que iba a pasar, miedo a que no pasara lo que él quería que pasara cuando tenía que pasar, y miedo que pasara lo que él sabía que iba a pasar, porque se le venía encima de nuevo, estuviera o no preparado.
Giró a la izquierda dedicándole una peineta al atónito conductor que tenía delante, en una calle donde no debía, donde no podía, donde las normas de circulación le decían que no tenía que hacerlo.
Y aparcó.
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