12 de enero de 2016

¡Trece años!

¿Tú sabes lo complicado que resulta enterrar trece años? Porque un año se entierra fácil, unos meses ya ni te cuento. ¿Trece años? Eso es casi una vida. O una vida completa. Al menos en nuestro caso fueron incluso varias vidas, varias muertes, varios comienzos y distintas razones.
Voy a volverme como el fuego, voy a quemar tu puño de acero, y del morao de mi mejilla saldrá el valor pa cobrarme las heridas.
Yo no sé si la primera fue un error. La segunda fue un error. La tercera fue un error. La cuarta fue un error. La verdad es que llegaste con una de arena, y veintiocho de cal. Y mi maltrecho yo (y maltrecho por mi culpa, porque el principal causante siempre he sido yo) decidió aceptar la de arena por todas las de cal.

Esta debe ser la primera de muchas entradas que me van a hacer falta para exorcizarte para siempre. Por alguna razón (¿trece años?) siempre queda un poso de ti, un tentáculo, una mierda de molécula que se reproduce y vuelves a hacerme daño. Yo decidí que ya no más, pero mi mente va a su ritmo y sacar toda tu mierda de mi trastero va a costar mucho tiempo (¡trece años!).

No tengo un interruptor a mano, no puedo apagarte para siempre. No matarte: no quiero que te mueras, nunca lo he querido; tampoco quiero que vivas enfermo y sufras (eso sería cruel y, a pesar de tus palabras, yo no soy y nunca he sido cruel). Quiero que vivas y recuerdes siempre, y me gustaría que algún día entendieras todo. Y que me devolvieras los trece años (por Dios, ¿¿trece años??)

Pero eso no va a ser posible. Tu jamás entenderás, y yo tendré que acabar con lo que queda de ti en mi recuerdo. Y poner toda la tierra y océanos por medio.
El día es gris cuando tú estás y el sol vuelve a salir cuando te vas,
y la penita de mi corazón yo me la tengo que tragar con el fogón.
Mi carita de niñ@ lind@ se ha ido envejeciendo en el silencio,
cada vez que me dices "puta" se hace tu cerebro más pequeño.

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