15 de octubre de 2016

Una tarde de otoño cualquiera.

"Pero si eres precioso" 
Ella lo dijo con desconcierto e incredulidad. Como si no entendiera que yo no lo entendiera, a pesar de que ella sabía, muy bien, que yo no lo entendía. En un momento creí ver en sus ojos la rendición ante una evidencia: que yo no tenía cura. Pero me equivoqué. Lo que veía era mis propios ojos reflejados en su cara.

Y la pena, el desconcierto, ... en cierto modo me avergoncé de su desconcierto, de mi propio desconcierto. Quiero decir, no es vergüenza, porque con ella no pude sentir nunca vergüenza. Reparos quizá, distancias seguro, pero nunca vergüenza.

Ella no tenía por qué decirme eso, no estaba en los planes, no estaba en su papel. Y no sé qué es lo que más me llamó la atención de todo ello: si su desconcierto, o la cara de no entender nada que puso en conjunto.

A lo largo de mi vida ellos, ellas, todos, me habían dicho que soy guapo. Que era guapo. Que era atractivo, que tenía virtudes, que tenía un 'algo'. Me habían dicho que tengo chispilla, que tengo cara de ... y de ... y de ... . Que estoy bueno. Que soy sexy. Pero nada de eso valió nunca más allá de 5 minutos. No era necesario.

En algunos, apestaba el tufo a compromiso, y casi deseé no haberlo oído cuando salieron esas palabras de sus bocas: no eran reales, y sus propias actitudes posteriores, anteriores, en el mismo momento, me lo habían demostrado y siempre lo harían. Sus falsas palabras nunca podrían cubrir las heridas de puñales que eran su desprecio o su (¡¡oh dios mío!!) compasión.

En otros, era real, pero no era real. Era compromiso, pero compromiso preocupado. Era una preocupación que venía desde lo más profundo de su afecto, pero no era desde la comprensión de que mi herida era más profunda de lo que ellos, ellas, jamás podrían alcanzar. Que estaba en un lugar donde solo yo podría alcanzar.

Y sin embargo en una tarde de otoño, las palabras, sus palabras, esas palabras de esa mujer, desconcertada, sin entender años y años de odio hacia mí mismo, fueron las primeras en dar la puntada de una brecha que se cerraría no mucho tiempo después, tras haber estado años sangrando.

Y fue precioso.

Como yo.

(PD.- Hoy no pongo música... Creo que estas palabras merecen ser acompañadas de silencio.)

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