Ser auténtico es una cuestión de principios, y también un poco de finales, y de finalidad. Ser auténtico implica dejarse de las mondongadas que durante tanto tiempo has estado colocando a tu alrededor, que durante tantos años has creado para ser el mejor, ser el perfecto, ser maravilloso, ser la estrella, ser valorado.
Ser auténtico consiste en buscar dentro de lo más profundo de ti, que al final no es ni tan profundo ni tan dentro, para encontrar a esa pequeña persona agobiada, presionada, pero que nunca ha perdido ni la esperanza ni la sonrisa, que no te reprocha y que no te juzga. Ser auténtico implica ver a esa persona con una mezcla de arrepentimiento y pena, pensando en lo mucho que la has intentado ocultar, y ver que esa persona te recibe con una sonrisa de oreja a oreja, abatida, apaleada, golpeada, con cardenales de todas las veces que la has enterrado de malas maneras.
Ser auténtico es tomarla de la mano, con firmeza, y sentir su suave calidez mientras la sacas de su encierro y la pones a tu lado, al mando, de piloto. Quizá el coro griego en tu cabeza se oponga, pero ser auténtico, amigos, supone que el coro griego ha perdido todo su poder y está en un papel segundón, en las gradas, próximo a desaparecer con un portazo (porque los coros griegos tienen muy mala uva, he de decir, cuando no se les hace caso).
Ser auténtico es respirar muy profundo y empezar a mirar el mundo con los ojos de esa persona que, a pesar de todo lo que le has hecho, siente por ti el Amor más profundo que se puede sentir. Puro, limpio, blanco, único, inimitable, inigualable, y todo entero dedicado a ti.
Ser auténtico es respetarte a ti mismo.
Ser auténtico es ser Yo.
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