Hay frases que, aunque te las repitaN una y otra vez, aunque te las repitaS una y otra vez, nunca terminan de calar hasta que no cierras las heridas que no han dejado de sangrar. Hay heridas que son y están; son heridas, son profundas, están abiertas, están infectadas. Hay palabras que forman frases que, aunque te las repitaN una y otra vez, aunque te las repitaS una y otra vez, no son palabras: son puñales.
Tú me hiciste sentir que no valía
y mis lágrimas cayeron a tus pies
me miraba en el espejo y no me hallaba
yo era sólo lo que tú querías ver
No toda la disforia es de género, aunque sea lo que esté de moda. El concepto, el autoconcepto, es una línea bastante frágil que se encuentra expuesta a todas las influencias por parte de todos los agentes que nos rodean. Desde muy pequeños, pequeñas, pequeñes, nos enseñan qué es un cuerpo perfecto. No solo nos lo enseñan: nos educan para conseguirlo, anhelarlo, mantenerlo. Nos explican cuáles son las normas de la sociedad que alguien estableció hace mucho tiempo, y como en tantos otros temas, nos fuerzan a desear una realidad para nosotros, nosotras, nosotres mismos (-as,-es) que no necesariamente queremos.
Vivir en un cuerpo que no te resulta agradable no es fácil, pero vivir en un cuerpo que odias con tanta fuerza, con tanta saña, que has conseguido disociarte de tu propia realidad ósea, muscular, eso es un asunto de fuerza mayor que está inherentemente revestido de una seriedad absoluta, y ha de ser solventado a la mayor brevedad posible. Aún así, elegimos ignorarlo para no generar incomodidad, ni a nosotros mismos, ni al resto que nos rodea.
Vivir evitando los espejos se convierte en un automatismo inconsciente que posteriormente, cuando llega el momento de solucionar, puede llegar a maravillar al autor de los hechos, al criminal, que ha osado ignorar una obra de ingeniería tan perfecta por las opiniones ajenas.
El autoconcepto y la autoestima están relacionados con todas las partes que conforman el ser humano: psique, soma, espíritu, alma... Llámalo X, llámalo energía -mejor todavía!-. La ausencia de atención a cualquiera de ellas deriva, inevitablemente, en una discapacidad fisiológica, mental, emocional, de la que posiblemente no puedas salir si no te pegas (por ser fino y delicado y demostrar que tengo estudios) la hostia padre.
¿Pero qué sucede cuando te pegas esa hostia?
¿A quién le pedimos responsabilidades por la hostilidad con la que hemos tratado nuestro cuerpo?
¿Cómo rehaces un proceso de autoconocimiento corporal que ya hiciste cuando eras bebé?
¿Cómo recuperas tantos años de vida perdidos y el equilibrio?
Y me solté el cabello, me vestí de reina
me puse tacones, me pinté y era bella
y caminé hacia la puerta, te escuché gritarme
pero tus cadenas ya no pueden pararme
y miré la noche y ya no era oscura, era de lentejuelas
Y todos me miran, me miran, me miran
porque sé que soy linda, porque todos me admiran
Y todos me miran, me miran, me miran
porque hago lo que pocos se atreverán
Y todos me miran, me miran, me miran
algunos con envidia pero al final, pero al final
pero al final, todos me amarán
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