14 de mayo de 2018

(No son) cosas de niños

Con la respiración entrecortada y la sensación de desastre inminente que siempre le acompañaba, que era perenne, se bajó del coche de su padre. De la seguridad de lo conocido. No le entendían, vale; no querían entenderle o quizá era todo demasiado complicado como para poder entenderle, pero al menos se sentía seguro. Ignorado, molestado, pero seguro. Pero todo aquello acababa cada mañana cuando, a las 8:30, descendía del vehículo.  

Yo aviso, todo lo que viene a continuación puede herir la sensibilidad del lector. O puede despertar recuerdos aterradores, inquietantes, paralizantes; ansiedades ocultas, traumas pasados, heridas sin cerrar, o temas sin resolver. El que avisa no es traidor: el traidor es el que oculta, y en la mayoría de los casos, somos nosotros mismos.

Cada mañana, desde hacía años, y (aún lo desconocía) durante muchos años más, descendía del vehículo para adentrarme en lo que sería un infierno personal. Diez años en los que reinó la agresividad, el goteo constante e incesante de críticas, ataques, golpes, empujones. Ni siquiera puedo achacarlo a una cuestión de homofobia: todo empezó demasiado pronto como para achacarlo a mi inexistente sexualidad. No, todo fue motivado por la simple y llana crueldad de la 'ley del más fuerte'. La ley de la selva, en pleno entorno urbano. Una selva de cristal, hormigón, yeso, tiza, libros de texto. Alfileres. Incluso navajas. Conforme nos hicimos mayores durante el tiempo que duró mi infierno, las amenazas y las agresiones crecieron en intensidad, en peligrosidad, en dureza.

Todo empezó con poquitos años, seis, recién entrado al colegio. Con hermanas en el centro y siendo una familia de "renombre", nadie podría esperar la indefensión y la crudeza de los años que me tocarían vivir. Yo era nuevo, carne fresca. Alguien a quién rodear de veinte, veinticinco personas, coreando canciones populares con letras cambiadas para dejar claro que yo no era bienvenido. Esa fue la.primera, única y ultima vez que intervinieron mis padres. Y no sirvió de nada: lección aprendida.

La hora del patio era, indudablemente la peor. Pero no era la única. Los intercambios de clase, los momentos sin supervisión por parte de un adulto (aunque nunca podré decir que la supervisión de un adulto hizo nada hasta que, muchos años después, fui yo el supervisado) eran un breve lapso de tiempo, una laguna terrorífica en la que comenzaban los ataques. Y no estoy hablando de los vídeos que se ven hoy en día en internet, y algunos catalogan de humor aunque no tengan ni puta gracia. Tampoco estoy hablando de aquellas agitadas y airadas quejas de los padres de hoy en día, muchos de mi propia edad, que se quejan del trato que reciben sus retoños, a los que seguro proporcionan todo el amor que ellos recibieron (nótese toda mi ironía y, por qué no, un tinte de rabia).

Recuerdo vívamente cómo duele una aguja de compás atravesándote la mano. El terror que supone que dos personas te sujeten mientras una tercera, "el de siempre", te patee, te pegue puñetazos, te escupa o te abofetee mientras la gente a tu alrededor ríe y corea la gracia. Recuerdo lo que se siente cuando destrozan tus efectos personales, arrugan tus dibujos, garabatean en tus cuadernos. Cómo suenan las palabras amenazantes que sólo tú puedes oír; cómo duelen los testigos mudos de la agresión, que incluso a día de hoy no reconocen lo que vieron. Ya ni siquiera puedo contarles como cómplices, pero mucho menos como amigos. 
Hay etapas por las que me niego a volver a pasar, y aliarme con su mentira, con su negación de auxilio, es una de esas cosas con las que yo no voy a transigir.
Recuerdo los insultos. Un cuerpo en crecimiento, una adolescencia en su propio tiempo y forma, y la burla y la descalificación estaban a la orden del día. ¿Qué digo del día? De la hora, del minuto. Las notas, los escritos, los susurros, las miradas burlonas. Una sombra de bigote es, en otras culturas, un símbolo de orgullo. Para mí fue un apodo, uno más de una larga lista que a día de hoy a veces me persigue.

Era inadecuado y sobraba. Eso me quedó claro desde siempre. Era asqueroso. Era repugnante. En una obra de teatro (mi refugio fueron, y a día de hoy siguen siendo, las artes: la música, el teatro, el canto...) incluso pude oir gritos de "qué asco" cuando tuve que dar un beso en la mejilla a una compañera. La compañera se apresuró a manifestar que a ella también le dió "muchísimo asco".

La ortodoncia era incorrecta. Mi peso era incorrecto. Mi pelo era incorrecto. Mi piel era incorrecta. Mis pecas eran incorrectas. Mis gafas eran incorrectas. Todo yo era una incorrección que no debía ser permitida, pero sí torturada para la diversión de las masas. El circo romano reencarnado en un colegio de prestigio, que para mí hoy en día solo recoge malos, pésimos recuerdos. A día de hoy hay zonas de mi ciudad por las que todavía no me atrevo a pasar.

Recuerdo a gente, a más marginados, que no lo soportaron y tuvieron que huir. Rehicieron su vida, recuperaron su infancia y aprendieron la lección. Me, nos, abandonaron a tiempo. Chicos, chicas, enhorabuena. Espero que el tiempo os haya tratado mejor.

Nos hicimos mayores y encontré aliados. Tuve un amigo, quizá cinco, y eramos 'los marginados'. Nos enorgullecíamos de ello. Fuimos crueles con nosotros mismos, seguro como venganza por la crueldad que estábamos recibiendo por parte de fuera. En ocasiones nos aliamos con nuestros propios verdugos para poder sentirnos un poquito más fuertes, un poquito más integrados; y en ocasiones nos dejaban ser partícipes de la tortura, pero invariablemente eramos receptores muy poquito después. Aprendimos a sobrevivir a base de hostias, hostias físicas, de las que duelen y dejan marcas.
Yo aprendí a esconder esas hostias cuando descubrí que no serviría de nada explicarle a nadie lo que estaban doliendo, lo que estaba pasando, lo que me estaban haciendo. 
Convertí el martirio y el sufrimiento en una forma de vida. Me refugié en mi propia imaginación, en la música, en la lectura. Dejé de pisar el patio, pero aún así daba igual. Me encontraban. Maldije el día en el que a alguien se le ocurrió la feliz idea de distribuir listas con los teléfonos de los alumnos: entonces empezaron las amenazas. Ni siquiera durante las vacaciones dejaba de recibir llamadas, amenazas de muerte, e incluso bromas demasiado pesadas. Mi madre no sabía que hacer con las tres pizzas familiares que llegaron un día a casa: parece una tontería, te dirás cuando leas esto. Eso no tiene importancia.

Quiero que lo ubiques dentro de los diez años de calendario que duró el infierno, y que lo encuadres dentro de mi edad, si es que me conoces (que a día de hoy, todos sabeis quién soy ya). Quiero que hagas un ejercicio de perspectiva y trates de recordar tu navidad de 2008: ¿dónde cenaste? ¿con quien estabas? ¿qué te trajeron los reyes?. En 2008 cantó Chikilicuatre en Eurovisión, aún no había ganado España el Mundial (eso fue en 2010), y Carme Chacón, hoy difunta, acababa de tener a su hija. Eso son diez años de tu vida. ¿Son largos?

"Son cosas de niños/críos/chicos" fue la frase más oída y más repetida durante muchos años. Llegué a odiar a las personas que decían esa frase y a las personas que hacían oídos sordos a mi llanto y súplica, mudos ambos. "Solucionadlo entre vosotros" evidentemente no funcionaba: ¿nadie se daba cuenta que no era uno contra uno, sino veintiocho contra uno? ¿que los testigos no eran testigos, sino cómplices?

Recuerdo el día que todo fue demasiado para mí, y cogí por la solapa al "testigo" principal. No era mi verdugo particular, sino uno de sus cómplices más habituales. Le tenía a mano. Se me fue la mano. Le arrastré por cuatro filas de pupitres y la única razón por la que no le pasó nada más fue la entrada de la profesora. Se hizo el silencio más sepulcral y yo, ahí, supe que la había cagado. Había vulnerado la ley del matón, y había sido pillado.

No hubo expulsión. Ni siquiera hubo charla. Me sacaron fuera de clase y me pidieron que ayudara a colocar unas exposiciones insulsas, que ni siquiera recuerdo, en los corchos del pasillo. A mi víctima le exigieron que recolocara los pupitres en su sitio. Nunca más se volvió a hablar de ese tema, y las agresiones se tornaron más cautelosas. Ojo, que el pringado se revolvía. Cesaron los golpes, pero persistieron, más cruentos que nunca, los insultos. 
Si bien es cierto que a base de violencia conseguí recuperar algo de dignidad, nunca olvidé que fue haciendo lo que ellos mismos hacían: no me valía.
Me sacaron del armario casi al final de mi historia. Aquel día pensé que la hora de Educación Física iba a ser el momento en el que me iba a llevar la somanta de hostias más grande de la historia. Sin embargo, todos parecían más interesados en saber cómo había hecho una página web, mi página personal (hoy difunta, junto con mi alter-ego de internet) que en cualquier otra cosa. A otro 'testigo' (por no llamarle cómplice) se le salían los ojos de las órbitas al darse cuenta de que su maniobra para redireccionar su ración de hostias diaria hacia mí, como era habitual, le había salido por la culata.

De pronto me convertí en el 'gay' del curso (el único reconocido, porque a día de hoy puedo confirmar que hay muchos más que nunca tuvieron el valor de reconocerlo cuando tocó). Creo que eso me ha reafirmado tan profundo en mi sexualidad, desde siempre: ser maricón me salvó la vida cuando ser persona me la destrozó. Por eso no tolero la homofobia, porque desde ahí me pude defender. Pero el daño ya estaba hecho.

Tratad de poner una piedra debajo de un grifo donde caen gotas, todos los días, varias veces al día, durante diez largos y tediosos años. No cerréis el grifo nunca: a la piedra no le va a importar. Evidentemente no soy científico, pero tampoco gilipollas, y sé que la erosión no es cuestión de diez años. Pero tampoco soy una piedra, y esas gotas, en mí, sí hicieron erosión. ¿Arrasión es una palabra? Creo que se entiende el concepto.

No, no son cosas de niños. Son cosas de niños con adultos como cómplices. Es violencia consentida. Son aulas en las que hay gente que sufre, gente que no puede desarrollarse como persona. Y la violencia no es cosa de niños. Yo, ya, no busco provocar pena, compasión ni lástima. Lo he hecho, claor que sí: lo reconozco y no lo voy a ocultar. Pero no funciona, y nadie de mi vida en este momento, ni nadie de mi vida en ningún momento, ha de arreglar el pecado cometido por otros. Si fue contra mí, seré yo quien lo solucione.

Yo solamente trato de hacer comprender a quien quiera leer esto, y haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, que hay cosas que no podemos permitir en nuestra sociedad. Que hay señales que no podemos obviar.
Que las 'cosas de niños' serán aquellas que los niños puedan gestionar, pero cuando no las pueden gestionar, pasan a ser 'cosas de adultos'.
Trato de poder sacar de mí un dolor sordo, enmudecido, de hace diecisiete años. De hace veintisiete años. De toda una vida de distorsión, agresión, insulto, amenaza y golpe. Sólo he comenzado a andar el camino. Me queda mucho, mucho por recorrer.

Han pasado diecisiete años desde que un día, de golpe, cesaron todas las agresiones, porque ellos ganaron. Yo no elegí salir: yo quise ser un superviviente y aguantar dos años más, pero mis padres decidieron que era lo mejor para mi educación cambiarme de centro (mis padres no toleraron la violencia que la nueva dirección del centro dedicó a su oligarquía familiar de la cual yo no formaba parte; permanecían ajenos a mi drama mientras se tomaban las 'ofensas' de la directora como algo demasiado personal). En contra de mi voluntad, aunque hoy en día admito que fue un cambio beneficio para mí, y una pieza clave de mi futuro desarrollo como la persona que soy, me arrancaron de lo conocido y me pusieron en un ambiente todavía más hostil. Pero no agresivo.

Desaparecí, y desapareció el saco de boxeo, la víctima por defecto. Yo no recibí más hostias, pero ellos ganaron en quitarme de en medio. Yo salí roto, tarado, vapuleado y con una concepción de mi mismo que hoy, diecisiete años después, por fin comprendo que no es real. No mantuve el contacto con nadie: me negué a ir a las fiestas y reuniones de cinco, de diez, de quince años. Dejaron de invitarme. Dejaron de preocuparse, o dejé de preocuparme yo. No me importan los rumores que pudieran correr o que a día de hoy corran al respecto: no me interesan. Me importan las palabras que escuché, incansablemente, durante diez años, todos los días. Me importan los golpes. Me importa saber cómo deshacer una programación pervertida y corrupta de lo que debería ser una adolescencia normal.
"Hay frases que, aunque te las repitaN una y otra vez, aunque te las repitaS una y otra vez, nunca terminan de calar hasta que no cierras las heridas que no han dejado de sangrar. Hay heridas que son y están; son heridas, son profundas, están abiertas, están infectadas. Hay palabras que forman frases que, aunque te las repitaN una y otra vez, aunque te las repitaS una y otra vez, no son palabras: son puñales."



No tengo motores a reacción, nunca he querido ser un avión;
y no tengo escamas en la piel, entre otra cosas, no soy un pez;
y no tengo asiento y no tengo ruedas porque no soy una moto,
estoy conformada en 3 dimensiones porque no soy una foto.
No tengo bolas de cristal: no soy un árbol de navidad;
es apagado mi color porque tampoco soy una flor;
y no quiero andar por entre las cloacas porque no soy una rata,
ni ir a parar al cubo de basura, porque no soy una lata...
No soy ni hombre ni mujer:
solo soy una persona, solo soy una persona, solo soy una persona, solo soy una persona...

No tengo botones que apretar ni organigramas que programar,
no tengo manillas ni hago ding-dong porque tampoco soy un reloj;
y no tengo mando para sintonías porque no soy una radio;
y no tengo sitio para mucha gente porque no soy un estadio
No soy ni hombre ni mujer:
solo soy una persona, solo soy una persona, solo soy una persona, solo soy una persona...

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