22 de febrero de 2019

Manual de circulación (2)

Me construí un palacio de cristal con pedazos de prisas y ausencias.
Pinté a mi alrededor un perímetro de seguridad para estar a salvo de tu influencia.
Rodeado de lobos, uno aprende a ser lo que la manada espera de él.
Para ser un ser que no quiere morder, tuve que alejarte de mis garras.
Tamborileó los dedos contra el volante, decidiendo una vez más que el coche necesitaba urgentemente un aspirado, y hacerle un Marie Kondo completito. ¿Cómo se puede acumular tanta mierda en tan poquito espacio?

Una rápida oteada a su teléfono móvil le volvió a abrir una ventana al pasado que alguien se empeñaba en intentar mantener abierta. Resopló con fuerza, y con cierta sensación de hastío. Pero descubrió, en su hastío, que esta vez venía acompañado de una profunda sensación de compasión.  Era consciente de que solo él entendía la destrucción mutua asegurada que suponía cualquier tipo de conexión, pero... ¿cuándo iban a ser capaces de dejarle ir? Hacía años, muchos años, que esas puertas se habían cerrado. No tenía sentido mantenerlas abiertas. Optó por lanzar el teléfono contra el asiento del copiloto vacío, cerrar los ojos y respirar con calma. No le iba a dar más importancia. No tenía más importancia. Ya, no.

Comenzó a chispear, y como no podría ser de otro modo acompañando a la lúgubre sensación que le acompañaba aquella noche, pronto se convirtió en una lluvia de gruesos goterones que se deslizaban impasibles por el cristal delantero. Qué obviedad. ¿Cómo no van a ser impasibles las gotas de agua?
Eres agua... Es inútil huir de ti: inundas y arrasas.
Eres agua... Es inútil huir de ti: la sed no descansa.
Analizó de nuevo la situación actual con el sonido de la música clásica acompañado del golpeteo contra el cristal. ¿De verdad era necesaria toda esta historia? ¿No había pasado ya por suficientes pruebas?

«Claro que no» le dijo la voz incolora, inodora, insípida, estúpida, tonta, zorra y gilipollas de su cabeza. Y lo que más le podía joder es que, en el fondo, sabía que la vocecita tenía razón. Por mucho que quisiera enfadarse, tenía razón.

Mientras que su vida sucedía en marchas erráticas, el tiempo no se había detenido y las heridas se habían ido curando de manera imperceptible. Sucedió de manera absolutamente ajena a los acontecimientos, y solo esperó un segundo de "flaqueza" para resurgir dentro de su pecho un sentimiento de triunfo con una base muy distinta a las anteriores. Honestamente, le había pillado por completa sorpresa. No estaba acostumbrado a mirarse desde esa perspectiva. Se había mirado desde arriba, desde abajo, desde la izquierda y desde la derecha. Se había mirado en diagonal, frente a mil espejos, contra los cristales de innumerables ventanas y ventanillas, y en los ojos de muchas personas. Había insistido, en todas las ocasiones, en mirarse desde fuera.

Pero nunca se había mirado desde dentro. Desde dentro, las cosas tenían una perspectiva más bien insólita. Como si de pronto todo hubiera encajado en un puzzle que llevaba esperando su aportación un porrón de años. Como si fuera un desván vacío, pero acogedor, donde las motas de polvo flotaban en suspensión bajo un rayo de luz pálida a través de las ventanas sucias, con un olor a cerrado que, sin resultar desagradable, inducía a dejar entrar todo el aire fresco posible.

Desde dentro, podía ver las vigas que sujetaban toda la estructura. Comprendió que, de manera inadvertida, había ido vaciando las cajas viejas y llenas de recuerdos dolorosos dejando espacio para lo nuevo. Comprendió que había tramitado la baja de muchas historias sin resolver, enviándolas al desguace de manera definitiva. 
Me dibujé una cara de postal como quien se retira a una cueva
Por si te volvía a ver, esconder mi animal: no dejarse llevar por la marea
Después de meses sin ver el sol, salí a pasear y el olor a sal me dio la respuesta:
«Perteneces a este lugar, deja de llorar. Ya has llegado... Deja de buscar»
Comprendió que, mientras su exterior cambiaba suavemente, su interior había experimentado, que no sufrido, una reforma integral digna de los gemelos más creativos. Y comprendió que mientras dejara que la lluvia resbalara por el tejado, al igual que resbalaba por el cristal, no habría lluvia, ni tormenta, que pudiera alterar la quietud de su "desván".

¿A lo mejor no era el mejor momento de poner a prueba la resistencia del tejado? Nunca iba a ser un buen momento. La única manera de comenzar un camino es andarlo, y si no andaba ahora, es posible que volviera a quedarse escondido, aterido y aterrorizado, en una esquina del desván con los ojos vendados. A fin de cuentas, sólo los valientes saben que es inútil pelear con la tormenta.

Mientras que recordara dónde, cuándo, cómo, y sobre todo por qué, todo lo que le rodeaba y siempre había temido no podría dañarle. Era el momento de dejar salir todo lo que llevaba años encerrado, de abrir las ventanas y dejar que el desván se inundara con un intenso olor a petricor. Era, es, fue y será el momento de dejarSe ir.
Eres agua... Es inútil huir de ti: inundas y arrasas
(Solo los valientes saben que es inútil pelear con la tormenta)
Eres agua... Es inútil huir de ti: inundas y arrasas
(Solo los valientes saben que es inútil pelear con la tormenta)
Eres agua... Es inútil huir de ti: inundas y arrasas
(Solo los valientes saben que es inútil pelear con la tormenta)
Un fuerte trueno le devolvió a su nueva realidad. Pero ahora, ya no era sólo* él. Ahora, además, era agua. Abrió la puerta, y salió del coche, dispuesto a fluir con su destino.


* La RAE me pué comer tó lo negro.



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