Nada ni nadie podía haberle preparado correctamente para la situación que acababa de vivir.
El escenario le era familiar, por supuesto. Una autovía semivacía en un horario intempestivo, solo interrumpida por el ocasional destello de las luces de carretera de algún cabrón cegato; un cigarro encendido, quemándose lentamente; música suave, sin letra que pudiera distraerle. Un paisaje aparentemente tranquilo para una olla express encima de unos hombros demasiado cargados.
Sólo* si alguien se fijaba en los pequeños, pequeñísimos detalles, podría percibir que algo había cambiado, que aunque la escena resultara extrañamente familiar, las circunstancias eran completamente nuevas. En sus hombros no pesaba la derrota y la desidia, sino la firmeza de los planes por cumplir y las tareas por realizar. En su cuerpo no existía el cansancio perenne de quien corre sin descanso para alcanzar lo inalcanzable, sino la energía de quien mide con serenidad el esfuerzo para realizar los actos concretos.
En su futuro no se pintaba la incertidumbre ni la duda: el futuro más inmediato estaba claro, y lo demás no era motivo de preocupación.
El suave ronroneo del motor le recordó al suave murmullo de la gente que se agolpaba en ese restaurante donde se había sentado a enfrentar sus mayores miedos. Había necesitado de todo el mindfulness disponible en la sección «Loquitas y otras hierbas» de su librería de cabecera para reunir el valor de poner los huevos sobre la mesa (de manera figurada, por supuesto) e impedirse llevar ninguna máscara. Sería él mismo, o no sería nadie.
Una extraña sensación de calor reconfortante había surgido desde el centro de su pecho y se había extendido hacia el resto de su cuerpo. Desde los dedos de los pies hasta la punta engominada de su cabello, siempre revuelto; desde los dedos de las manos hasta el centro del pecho; desde dentro, hacia fuera. Una voz más clara, más grave, más tranquila que las que estaba acostumbrado a oir, que habían enmudecido ante la presencia de esta nueva persona que habitaba en su interior.
Por supuesto, no se habían ido. Nunca se irían, y aquí residía el gran secreto de la humanidad, un secreto que nadie quería reconocer pero que tantos años le había perseguido, e incluso atormentado: esas voces estarían allí, como estaban en la cabeza de todo el mundo. La cuestión era que esas voces no serían nunca más las protagonistas del transcurrir del tiempo. No podrían mantenerle despierto por la noche, susurrarle al oído que no era «lo suficiente» o que nunca estaría «completo».
La Voz Cantante™ se había ocupado de marcar, con tono firme y sereno, un tono para una sinfonía más acorde con una existencia tranquila, enfocada y desde la calma.
Vendrían días de incertidumbre, y días grises. Vendrían días donde todo estaría al revés, y costaría mucho respirar, existir, ser, sonreir o sentir. Pero para aquellos días tenía la fórmula magistral de su inherente autenticidad: propia, única e intransferible. La luz que se escondía detrás de sus propios ojos, y de los de nadie más. La voz del juicio razonable para sí mismo y hacia los demás. El corazón que latía al ritmo que marcaba su paso, y no al paso de ningún ajeno.
Nada ni nadie podía haberle preparado correctamente para la situación que acababa de vivir. Ser uno mismo, por primera vez en años, era un lujo y dejaba un sabor de boca mucho más adictivo que cualquier droga.
Marcha atrás, freno de mano, luces apagadas. Al ralentí, las cosas son distintas: las distancias cambian por minutos, y las sensaciones vuelan de un retrovisor a otro.
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