27 de noviembre de 2017

Run, boy. Run.

Correr. Cerrar la puerta y correr, correr lo más fuerte que puedas, correr hasta que te duelen los gemelos, los tobillos, las plantas de los pies, los musclos, las rodillas, las corvas. Correr desaforado, desquiciado; correr con miedo.

Correr.

"¿No estoy ya harto de correr?" me pregunta una puta vocecita impertinente, en el fondo de mi cabeza. Esa vocecita a la que estoy más que acostumbrado, porque últimamente me ha dado por hacerle más caso -y he de decir que no me está yendo del todo mal, no- y como sabe que le hago más caso, le ha dado por solventar cosas "de una vez por todas". Je.

Me paro, me apoyo en los muslos y resoplo de dolor. Me duelen las piernas, me duele la espalda, me falta el aire. Correr se ha convertido en un sinónimo de defensa, pero correr en la oscuridad nunca te lleva a ningún sitio.

"A tu derecha hay luz" insiste, paciente, pero firme. Pero qué asco te tengo, cerda.

Miro hacia la derecha de reojo, con miedo, con cautela. Sí, hay luz. No, no quiero ir.

Corro en dirección contraria con un leve gemido que se escapa de mis labios, cortados y resecos. Tengo sed. Tengo sueño. Tengo más miedo.

"Qué inútil es todo esto, y qué innecesario, maricón."

Me paro en seco (y pierdo un poco el equilibrio). Vaya manera de hablar, quién le habrá enseñad... ah, no, calla, espera, que es mi voz interior. Cómo no me va a hablar con esos términos. Je de nuevo.

¿Es verdaderamente innecesario?

Me siento, me miro, me retiro a mí mismo la mirada. Como de costumbre, claro. Qué innecesario, sí.

¿Cómo dejo de correr?

A veces la pregunta más tonta es la que tiene la respuesta más difícil, porque no lo sé. Vale, sí, la teoría me la sé: dejas de correr y ya. Te sientas, te tumbas, te desplomas -dramáticamente- sobre una superficie preferiblemente blanda. Dominado, OK Aurora, fetén.

Y de pronto sucede. Me harto. Del todo. Como aquella vez.

Que ya basta, coño. (Y luego diré de la voz). Je, una vez más.

Que no, que no corro más. Que me paro, que me miro, que me observo, que me entiendo, que me siento, que me quiero. Que hago lo que tenga que hacer para reconocerme en mi propio cuerpo, en mi propia mente, en mi propio ser, en mi propio Yo.

Que no soy de nadie, que no tengo dueño, que esto es un plagio y yo lo sé y me la suda completamente.

Que ya basta.

Que ya.

En breve, más información. Porque si dejas de correr... ¿qué coño haces?

"Vas por el buen camino" dice, complacida, la perra del infierno que tengo por conciencia.

Joder.


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