No podía dormir. No paraba de dar vueltas en la cama y acabaría despertándote, así que me levanté de la cama y a tientas abandoné el cuarto. La casa estaba sumida en una calma muy acogedora, en contra de lo que solía inspirar. La recorrí con tranquilidad, escuchando de fondo el sonido del mar rompiendo contra el acantilado cercano.
La luna entraba por la ventana del salón iluminándolo entero, con reflejos plateados que acariciaban cada esquina , cada rincón. Me senté en el sillón y me dejé acariciar también por la luna , en su baile nocturno. Miré a mi alrededor de nuevo y la imagen me sobrecogió. Era como haber congelado el tiempo, como haber alcanzado un grado universal en el que no hacía falta nada más que las personas.
Me acerqué al frigorífico. La luz artificial estropeaba aquella fiesta sublime, así que me apresuré a escoger lo que buscaba y a cerrar la nevera. Salí otra vez, con un gran vaso de agua fresca, y esta vez me encaminé a la terraza.
Una ráfaga de aire cálido, con olor a sal, a arena, a mar, me acarició suavemente cuando salí al balcón. A lo lejos podía distinguir la playa, bañada por el mar tranquilo. La luna, la misma que danzaba en mi salón, brillaba alta en el cielo, reflejándose también en el mar. Por un momento se me antojó cogerla, atraparla entre mis manos y guardarla, celoso de que nadie más pudiera verla. Luego comprendí, de nuevo, que no podría retenerla... ella había nacido libre y quería ser libre. Así que sería libre, costara lo que costara.
Por un momento creí oír los pasos de alguien que caminaba dentro del salón. Me giré, asustado, pero no había nadie. Mi imaginación me había jugado una mala pasada. Me pregunté, suspirando, si toda la vida no sería una gran broma de un alguien, con ganas de hacernos sufrir y de reírnos de nosotros mismos, compuesta a base de ilusiones y falsas esperanzas.
Abandoné aquellos pensamientos lúgubres y decidí bajar a la playa. Siempre me había relajado y abstraído el rumor de las olas cercano, y en aquella noche cálida y serena, era una de mis mejores opciones. No quería quedarme encerrado y menos aún, observando mi paraíso temporal enclaustrado en un balcón.
La luna entraba por la ventana del salón iluminándolo entero, con reflejos plateados que acariciaban cada esquina , cada rincón. Me senté en el sillón y me dejé acariciar también por la luna , en su baile nocturno. Miré a mi alrededor de nuevo y la imagen me sobrecogió. Era como haber congelado el tiempo, como haber alcanzado un grado universal en el que no hacía falta nada más que las personas.
Me acerqué al frigorífico. La luz artificial estropeaba aquella fiesta sublime, así que me apresuré a escoger lo que buscaba y a cerrar la nevera. Salí otra vez, con un gran vaso de agua fresca, y esta vez me encaminé a la terraza.
Una ráfaga de aire cálido, con olor a sal, a arena, a mar, me acarició suavemente cuando salí al balcón. A lo lejos podía distinguir la playa, bañada por el mar tranquilo. La luna, la misma que danzaba en mi salón, brillaba alta en el cielo, reflejándose también en el mar. Por un momento se me antojó cogerla, atraparla entre mis manos y guardarla, celoso de que nadie más pudiera verla. Luego comprendí, de nuevo, que no podría retenerla... ella había nacido libre y quería ser libre. Así que sería libre, costara lo que costara.
Por un momento creí oír los pasos de alguien que caminaba dentro del salón. Me giré, asustado, pero no había nadie. Mi imaginación me había jugado una mala pasada. Me pregunté, suspirando, si toda la vida no sería una gran broma de un alguien, con ganas de hacernos sufrir y de reírnos de nosotros mismos, compuesta a base de ilusiones y falsas esperanzas.
Abandoné aquellos pensamientos lúgubres y decidí bajar a la playa. Siempre me había relajado y abstraído el rumor de las olas cercano, y en aquella noche cálida y serena, era una de mis mejores opciones. No quería quedarme encerrado y menos aún, observando mi paraíso temporal enclaustrado en un balcón.
El paseo marítimo estaba completamente desierto. Esa noche, incluso, habían desaparecido las parejitas que de ordinario se demostraban su amor mutuo en los rincones oscuros del paseo. No sería la primera vez que les viera, pero internamente agradecí a quienquieraquefuese no tener que cruzarme con ellos. No me encontraba especialmente mal, pero...
Sentado, descalzo, sobre la fría arena, comencé a filosofar acerca de mi vida, como era de esperar. Mi vida se asemejaba mucho al mito de Apolo y Daphne; todos aquellos que me importaban acababan fuera de mi vida de una manera bastante brusca. Al menos, yo aún no había matado ni causado la muerte a nadie cercano así que no debía considerarme tan dañino como el joven dios de la belleza.
Y sin embargo, yo mismo había sido Daphne en varias ocasiones, huyendo de mi mismo, de mi vida, para refugiarme de manera irreflexiva en callejones sin salida. Recordaba con especial lucidez la última vez que me creí enamorado.
Bajo aquella misma luna, alguien había prometido amarme por siempre, quererme y honrarme por siempre. El mar había presidido aquella unión que , aun no siendo legal, tenía tanta o más validez para nosotros que un matrimonio; las estrellas habían sido testigos e incluso habían bañado la ocasión con sus destellos plateados, cayendo con dulzura sobre la tierra.
En mi mente resonaron unas palabras, quizás de alguna canción conocida, quizás emergiendo desde lo más profundo de mi ser. Siempre había estado ahí, pendiente de lo que me pasara, pendiente de cómo me sentía. Nada podía imaginar que, el mismo día que yo me despediría de ese mar, nuestros testigos tendrían que ver cómo alguien cogía un corazón y lo rompía en mil pedazos contra el cielo estrellado.
Sentado, descalzo, sobre la fría arena, comencé a filosofar acerca de mi vida, como era de esperar. Mi vida se asemejaba mucho al mito de Apolo y Daphne; todos aquellos que me importaban acababan fuera de mi vida de una manera bastante brusca. Al menos, yo aún no había matado ni causado la muerte a nadie cercano así que no debía considerarme tan dañino como el joven dios de la belleza.
Y sin embargo, yo mismo había sido Daphne en varias ocasiones, huyendo de mi mismo, de mi vida, para refugiarme de manera irreflexiva en callejones sin salida. Recordaba con especial lucidez la última vez que me creí enamorado.
Bajo aquella misma luna, alguien había prometido amarme por siempre, quererme y honrarme por siempre. El mar había presidido aquella unión que , aun no siendo legal, tenía tanta o más validez para nosotros que un matrimonio; las estrellas habían sido testigos e incluso habían bañado la ocasión con sus destellos plateados, cayendo con dulzura sobre la tierra.
En mi mente resonaron unas palabras, quizás de alguna canción conocida, quizás emergiendo desde lo más profundo de mi ser. Siempre había estado ahí, pendiente de lo que me pasara, pendiente de cómo me sentía. Nada podía imaginar que, el mismo día que yo me despediría de ese mar, nuestros testigos tendrían que ver cómo alguien cogía un corazón y lo rompía en mil pedazos contra el cielo estrellado.
Ahora todo aquello había pasado, había pasado hace mucho tiempo y mi destino dormía, tranquilo, en mi cama en el apartamento. Sin embargo no podía quitarme de la cabeza la horrible sensación de vacío que a veces me acometía, en los momentos en los que la vida me vapuleaba. Sí, era feliz. Buen trabajo, buena vida... No andaba mal ni económica ni espiritualmente ...
Me reí para mis adentros por aquella ocurrencia. La verdad, es que el dinero gobierna la vida de muchas personas hoy en día, y era mi insistencia por evitar aquello lo que en muchos ambientes había provocado que me condenaran al ostracismo. Y sin embargo, una vez conseguido, mi vida se había estabilizado y había conseguido cosas que jamás podría imaginar.
A lo lejos brillaban las luces del puerto de montaña por el que los coches descendían de cuando en cuando. La montaña destacaba por su oscuridad contra el cielo azul, que se iba aclarando conforme discurría la noche. Estrellas fugaces surcaban el cielo y distraían mis pensamientos. Me tumbé en la arena por completo y observé con atención la bóveda celeste.
La inmensidad del universo se extendía ante mis ojos, y tuve la extraña sensación de estar acercándome al cielo poco a poco. Me vino a la mente una frase que alguien me dijo en algún momento de mi vida... "Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio... y coincidir".
Coincidir había sido la tónica habitual de mi vida. Siempre la casualidad me había guiado y no sabría que hacer si no hubiera sido por ella. Cerrar puertas o marcharme de sitios había marcado puntos de inflexión muy importantes en la historia de mi vida y todo debía achacárselo a arranques y a dejarme llevar por mis propios instintos. Hasta ahora, no me habían fallado nunca o casi nunca. Incluso ahí, en medio de esa playa desierta, de madrugada, tenía la seguridad de que mi vida estaba encauzada por el camino correcto, una sensación agradable que recorría todo mi cuerpo y que, sin necesidad del alcohol, me embriagaba.
Tomé un puñado de arena con la mano derecha y me entretuve sintiendo escaparse la arena por entre mis dedos. Me sentía en parte como un reloj de arena, controlando el tiempo de mi propia vida, regulando cuando debía ir deprisa y cuando debía ir despacio.
Me incorporé y me sacudí los brazos y la espalda para quitarme la arena. El mar se estaba agitando más y supe que pronto llegaría el alba. No quise entretenerme más y me levanté. Caminé lentamente hacia el apartamento otra vez, pensando en mi propio destino acostado en mi cama.
Abrí la puerta en el silencio del bloque de pisos, y la volví a cerrar con el mismo sigilo. Dejé las llaves encima de la mesa y me dirigí al dormitorio. Me quedé en el quicio de la puerta, con la mirada fija en la oscuridad.
La cama estaba vacía, solo revuelta por el lado en el que yo había estado antes.
La desazón me invadió por completo y creí haber estado soñando todo este tiempo. Busqué con la mirada por toda la habitación, sin la calma que había mantenido durante toda la noche.
Me reí para mis adentros por aquella ocurrencia. La verdad, es que el dinero gobierna la vida de muchas personas hoy en día, y era mi insistencia por evitar aquello lo que en muchos ambientes había provocado que me condenaran al ostracismo. Y sin embargo, una vez conseguido, mi vida se había estabilizado y había conseguido cosas que jamás podría imaginar.
A lo lejos brillaban las luces del puerto de montaña por el que los coches descendían de cuando en cuando. La montaña destacaba por su oscuridad contra el cielo azul, que se iba aclarando conforme discurría la noche. Estrellas fugaces surcaban el cielo y distraían mis pensamientos. Me tumbé en la arena por completo y observé con atención la bóveda celeste.
La inmensidad del universo se extendía ante mis ojos, y tuve la extraña sensación de estar acercándome al cielo poco a poco. Me vino a la mente una frase que alguien me dijo en algún momento de mi vida... "Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio... y coincidir".
Coincidir había sido la tónica habitual de mi vida. Siempre la casualidad me había guiado y no sabría que hacer si no hubiera sido por ella. Cerrar puertas o marcharme de sitios había marcado puntos de inflexión muy importantes en la historia de mi vida y todo debía achacárselo a arranques y a dejarme llevar por mis propios instintos. Hasta ahora, no me habían fallado nunca o casi nunca. Incluso ahí, en medio de esa playa desierta, de madrugada, tenía la seguridad de que mi vida estaba encauzada por el camino correcto, una sensación agradable que recorría todo mi cuerpo y que, sin necesidad del alcohol, me embriagaba.
Tomé un puñado de arena con la mano derecha y me entretuve sintiendo escaparse la arena por entre mis dedos. Me sentía en parte como un reloj de arena, controlando el tiempo de mi propia vida, regulando cuando debía ir deprisa y cuando debía ir despacio.
Me incorporé y me sacudí los brazos y la espalda para quitarme la arena. El mar se estaba agitando más y supe que pronto llegaría el alba. No quise entretenerme más y me levanté. Caminé lentamente hacia el apartamento otra vez, pensando en mi propio destino acostado en mi cama.
Abrí la puerta en el silencio del bloque de pisos, y la volví a cerrar con el mismo sigilo. Dejé las llaves encima de la mesa y me dirigí al dormitorio. Me quedé en el quicio de la puerta, con la mirada fija en la oscuridad.
La cama estaba vacía, solo revuelta por el lado en el que yo había estado antes.
La desazón me invadió por completo y creí haber estado soñando todo este tiempo. Busqué con la mirada por toda la habitación, sin la calma que había mantenido durante toda la noche.
No encontré ninguna huella de tu presencia. Busqué como un loco que ha perdido su alma, busqué frenéticamente por toda la habitación. Caí de rodillas al suelo delante de la cama, sin poder creer que nada hubiera sido cierto.
Y entonces ...
Entonces fue cuando te acercaste a mí con sigilo. La habitación estaba tal y como había quedado al acostarnos los dos, ambos, en la misma cama como cada noche.
Y entonces ...
Entonces fue cuando te acercaste a mí con sigilo. La habitación estaba tal y como había quedado al acostarnos los dos, ambos, en la misma cama como cada noche.
La inseguridad me había jugado una mala pasada pero ahora tú estabas junto a mi de nuevo.
Tus brazos fuertes me rodearon por detrás, y reaccioné con sorpresa, con miedo. Pensé que algo malo ocurría. Entonces, noté tu aroma, el aroma de tu piel. Y noté tus dulces labios sobre mi cuello, y todo tu cuerpo pegado al mío.
Me condujiste de nuevo a la cama. No hicieron falta palabras.
Ni siquiera la luz del día pudo separarnos esa, esta, ni ninguna vez.
(Enero de 2002)
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