1 de febrero de 2018

Jaque mate

(Original de noviembre de 2002. No va con música... solo el silencio de la nieve cayendo :) )

La luz tenue de la chimenea iluminaba y a la vez calentaba toda la estancia. Sólo ella iluminaba la gran habitación de techo alto, muy alto, con las paredes cubiertas de libros ordenados en estantes. Libros que probablemente nunca fueron consultados, libros forrados en piel, libros ajados y usados por generaciones.

En el centro de la sala, entre dos sillones de oreja tapizados en suave terciopelo azul, una mesa de caoba servía de sujeción para la batalla más encarnizada que nunca se había librado. Un tablero de ajedrez y dos hombres, enfrentados. 

Había una copa de brandy a cada lado del tablero, pero ni siquiera el alcohol apartaba aquellas mentes, fijadas en aquel tablero y completamente aisladas del mundo.

El silencio es tan tenso que hasta el crepitar del fuego me distrae ... . Estoy seguro de que fuera está nevando, pero tampoco puedo asegurarlo. No sé qué ocurre más allá de este juego. De este tablero. Él parece respirar con tranquilidad, ignorando la tensión que hay en el ambiente.
Está condenadamente guapo esta noche. Su pelo negro, brillante, cayéndole y tapándole los ojos grises. Sus labios, carnosos y rosados, que entreabiertos le dan un aspecto realmente muy seductor. Y su sombra de barba… Ese cuello que acaba en un cuerpo formado, con el que tantas veces he soñado. Me vuelve loco ese hombre, y él no lo sabe, ni tiene que saberlo nunca, o todo acabará en una confrontación más allá de la mente. No... no estoy  dispuesto a permitirlo. 
[...]
Acabo de beber de mi copa, y ni mi movimiento le ha abstraido de su ensimismamiento. Tiene que mover ficha y eso para él es todo su universo. Pues bien, ¡que siga en su mundo! No me hace falta para seguir soñando, aunque sea con él mismo. Le ganaré, le derrotaré cueste lo que cueste. Y luego, desapareceré de ahí sin dejar rastro, y no volveré a la noche siguiente para otra partida, para otra dulce tortura … No, eso es imposible. Sé que no lo conseguiré. Estoy sometido a él. Pero es un sometimiento tan efectivo ...

 Ganar esta partida es todo lo que me importa en ese momento. Pero no debo hacer ningún movimiento en vano, nunca dejarme llevar por los instintos solo para tener tiempo para observarle sin que él se dé cuenta. Tengo que concentrarme en aquel movimiento, en su perfección y su limpieza para darle tiempo a pensar. Concéntrate… ¡Concéntrate! ¿Pero porqué me bloqueo, precisamente hoy? No puedo apartarle de mi mente… Sé que se moriría de asco si se llegara a enterar algún día de todo lo que ocurre en mi cabeza, en mi corazón, mientras está sentado ahí delante de mí
[…]
 Ya está, ya he movido. Como siempre, un movimiento depurado y con mala leche. ¡Que piense, joder! Y que me deje observarle un rato más. No sé porqué sigo queriendo ganarle… Quizás, en el fondo de mi, siga pensando que perderá el interés si me gana con demasiada facilidad, y me abandonará y dejará solo en esta casa enorme… ¿Cómo puede alguien no darse cuenta de que es amado? Si tan solo supiera… Cada mañana me levanto soñando sus enormes ojos marrones, su tez clara. Suspiro por hundir mis labios en su pelo castaño, por deslizar mis dedos por su piel que se anuncia suave como la seda…  Quizá, quizá algún día pueda olvidarlo. Pero hasta entonces esta es mi única alternativa. Ganar o perder, no tengo más remedio.

Los dos contrincantes seguían enfrentados, enfrascados en sus propios pensamientos. El reloj de la pared dio las cuatro pero ninguno se movió. Sin embargo aquel reloj tuvo efectos en el ambiente. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, ambos jugadores levantaron la cabeza y se miraron a los ojos. Sin gestos, sin movimientos, simplemente una mirada. Y se rompieron las reglas del juego.

¿Qué está pasando?
¿Qué está pasando?

Óscar se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana. Sus ojos grises clavados en la blanca nieve evitaban la mirada de Andrés a toda costa. No sabía qué estaba pasando, pero sí que aquella noche era completamente diferente a las demás. Bajo el pantalón de tela y el jersey de lana sintió de pronto un frío inusitado. Un frío que empezó en su nuca, y fue deslizándose hacia abajo por todo su cuerpo. Cruzó los brazos delante de su pecho y siguió fijo, observando la nieve caer. Cualquier cosa antes que volver a sentarse en el sillón.

Andrés permaneció sentado, perplejo ante la reacción de su contrincante. Sin embargo, algo en su interior le sugirió que tal vez aquella era la oportunidad que estaba esperando, que ambos estaban esperando. Sus ojos rodearon la sala y se centraron en el voluminoso reloj que, imperturbable, continuaba su marcha como si nada de aquello hubiera sucedido. Sintió deseos de gritar de euforia ante el cambio pero lo único que pudo hacer fue levantarse y caminar hacia el reloj.

Óscar se giró lentamente a mirarle, mientras él abría la puerta del reloj y detenía el péndulo con un movimiento preciso, casi ensayado. Aquel gesto parecía una señal, una profanación. Pero lo único que trajo consigo fue silencio.

Ahora se oye de nuevo el crepitar del fuego, pero más claro que nunca. Ni siquiera el crujido de la nieve que se amontona fuera pueden taparlo. Andrés camina hacia la ventana donde mira su contrincante, su compañero. Sin mediar palabra. Su corazón late desesperadamente. No entiende nada.

Ambos hombres se mantienen impasibles, haciendo esfuerzos sobrehumanos con tal de que nadie note su agitación. Pero no hay nadie más. 

De pronto, ambos se giran y, como en un sainete muy bien ensayado, se dirigen al tablero. Se vuelven a sentar, sin dejar de mirarse ni un segundo.

¿Qué quieres? Daría todo lo que estuviera en mi mano por quedarme aquí, contigo. Pero tu sabes que yo no puedo hacerlo si tú no me lo pides, y es algo complicado ya que no me has hablado ninguna de las noches que llevo viniendo aquí para jugar al maldito ajedrez contigo. ¿Qué hace a esta noche diferente? Ni yo mismo lo sé, pero sé que esto no va a continuar como suele hacerlo. Y sé que tu también lo notas, no intentes esconderlo. Es fácil aparentar serenidad siempre que no se tiene, pero nunca es fácil tenerla en los momentos que debería estar presente. 
¿Porqué me miras así? Intentas ponerme nervioso, eso intentas. Es incomprensible porque sabes que no lo haré, que mantendré el tipo. Estás perdiendo el tiempo por este camino. Mejor, guíame por otro…

No voy a decir nada, no voy a abrir la boca hasta que tu lo hayas hecho. ¿No oyes eso? Es el silencio. Es el silencio que agobia y oprime, pero solo en la soledad. Contigo parece la más dulce de las melodías. Si quieres escucharlo conmigo, tendrás que esforzarte. No quiero dar más pasos en falso, no quiero más intentos contra una jodida pared. No quiero nada si no es contigo … 

Los dos contrincantes siguen mirándose durante largo rato. Fuera, la noche se abre en una mañana gris y nubosa de invierno. De pronto Andrés levanta la mano. La acerca lentamente hasta su rey, y lo tumba sobre el tablero. Óscar contiene el aliento. Levanta también su mano y tumba al rey negro.

Ambos se incorporaron del asiento y miraron hacia la puerta. Óscar se adelantó unos pasos y se giró, mirando a su contrincante mientras una breve sonrisa iluminó fugaz su cara, como un relámpago. No hubo trueno mayor que el latido de su corazón. Abrió la puerta y salió de la sala. Andrés esperó hasta oír los pasos subiendo la escalera de mármol. Luego, le siguió hasta el dormitorio.

La nieve continua cayendo. El fuego de la chimenea ha dejado de crepitar. Ambos reyes permanecen tumbados.

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