(Original de 2004)
Silencio... silencio.
Silencio... silencio.
En la casa, ahora vacía, no sonaba siquiera un susurro de abejas. Miguel, sonriendo levemente por aquél sencillo juego de palabras recorrió despacio todas y cada una de las estancias que componían aquella vieja casa, emplazada en medio de ningún sitio. Cada una de sus fachadas estaba orientada hacia un punto cardinal, de manera exacta, casi milimetrada. Y en cada una de esas fachadas había una gran ventana desde la que observar el mundo. No mucho tiempo atrás aquella casa estaba llena de vida, llena de gente. En cada una de las habitaciones siempre había un alma, un alma y su respectivo cuerpo, que vivían, dormían, incluso morían dejando su esencia y su toque personal impregnado en todo… Y ahora aquella casa pertenecía a Miguel, y éste había decidido compartirla con la única persona que podía entenderle, la única persona que existía en ese preciso momento para él.
- La verdad es que podrías ayudarme, pedazo de vago. Muchos suspiritos, muchas miraditas, pero luego quien carga maletas como un burro soy yo, ¿eh?.
Jose resoplaba y se quejaba, acarreando dos pesadas maletas además de multitud de bolsas. Miguel le sonrió, con una mueca entre agradecimiento y sorna, pero no pronunció ninguna palabra. Habían ido allí a pasar una temporada, a aislarse juntos del mundo y de todos, no a enfrentarse con sus problemas de nuevo.
Miguel subió por la escalera, lentamente, pasando su mano por la barandilla y llenándose irremediablemente de polvo. Jose abrió la boca, para advertirle, pero comprendió de golpe que no debía interrumpir aquel momento. Miguel había cambiado, se había transformado desde que rebasaron la carretera de aquel valle verde. Normalmente alegre, parlanchín, lleno de vida, muy juguetón… Y desde que estaban allí era reservado, misterioso y sobre todo, silencioso. Jose ansiaba comprobar como la voz grave pero dulce de Miguel rellenaba todos los huecos de aquella angustiosa casa y sin embargo había algo en la mirada de su compañero, su amante, su amigo, que le decía que no la escucharía tal y como había estado imaginando.
Miguel continuaba su recorrido silencioso por la casa. Dobló el recodo del pasillo y desapareció de la vista de Jose. Éste continuó descargando el coche y llevando las cosas a la entrada y a la cocina.
Hello darkness, my old friend... I've come to talk with you again, because a vision, softly creeping, left its seeds while I was sleeping . And the vision that was planted in my brain still remains within the sound of silence.
La chimenea crepitaba, consumiendo lentamente los troncos que habían colocado en ella los dos chicos. Recostado en el sillón, con los brazos detrás de la cabeza, Jose descansaba con los ojos cerrados, dejándose acunar por el débil crujido de la nieve y el olor de la leña al quemarse. Miguel, apoyado en el pecho de Jose, se dejaba acunar sin embargo por el sonido rítmico de su corazón. El rubio dudaba si debía contarle todas las sensaciones que se agolpaban en su mente. No sabía como iba a reaccionar, porque siempre que hablaban de su pasado, de todos los hombres a los que había amado erróneamente, Jose se violentaba y se encerraba en si mismo, enfadado por no haberle evitado el dolor, en su afan de sobreprotegerle.
- Jose … ¿Estás despierto? – susurró Miguel, sin siquiera moverse de la posición.
- Si… ¿Qué quieres? ¿Qué te pasa? ¿Qué necesitas? – dijo, sin abrir los ojos tampoco.
- Nada … Yo … quería decirte …
- Dime
- Bueno, que yo …
Jose abrió los ojos, y acarició el pelo pajizo de Miguel. Siempre que hablaba de sentimientos se ponía así. Era maravilloso el contraste entre su piel, enrojecida por la vergüenza y su pelo, que no cambiaba de tonalidad nunca. Miguel por su parte, notó un movimiento en el pecho y la caricia suave en su pelo. Se sintió seguro y protegido. Se pegó contra su pecho y sintió cómo se aceleraban ambos corazones ante el contacto físico.
Jose agachó la cabeza y besó suavemente a Miguel en la oreja, susurrándole un te quiero casi mudo, pero que Miguel entendió perfectamente. Se giró y se estiró hasta que sus labios alcanzaron aquellos labios rosados y suaves, que besó con dulzura y lentamente. Luego descendió por su barbilla, sin dejar de acariciarle con los labios y se apoyó en el pecho, escuchando el latido de su corazón. Jose se incorporó y le cogió en brazos, levantándole con facilidad y llevándole al dormitorio.
Pero una vez allí, Miguel se quedó cabizbajo en el centro de la habitación. Comenzó a desabrocharse lentamente la camisa, y cuando iba a la mitad se giró hacia Jose que aguardaba en la puerta, esperando una señal suya para lo que fuera. Miguel miró a Jose largamente a los ojos, luego bajó la mirada hacia su camisa entreabierta y por último miró al suelo.
Jose entendió enseguida lo que no se atrevía a decirle, y abandonó la habitación para que pudiera cambiarse. Salió de la casa y se sentó en el porche, encendiendo un cigarrillo y mirando al cielo estrellado, donde vagaba alguna nube. Se preguntaba cuándo confiaría completamente en él quien supuestamente era su pareja, y le amaba. A veces, dudaba de que todo aquello existiera ... Negó con la cabeza, apartando aquellos negros pensamientos de su mente.
Miguel apareció en la puerta y se quedó quieto, mirándole. Se acercó y se sentó a su lado, con las manos entre las piernas y la cabeza gacha.
- Yo ... Lo siento ... Son manías, Jose, ya sabes que no soy capaz de ... bueno. Lo siento, de verdad ... Yo ... – Jose le puso un dedo en los labios, y le miró a los ojos nuevamente. Le gustaba perderse en aquella inmensidad, en aquel mundo que se escondía dentro de ese chico que ahora mismo estaba, con una camiseta y unos pantalones largos de algodón, delante de él. Todas las dudas que antes le atormentaban se disiparon ahora, dejando paso a una gran ternura
- Ven ... – le dijo, de pronto, apagando el cigarrillo contra la piedra. Se levantó y tendió una mano a Miguel, que le miraba sin comprender. Sin embargo, aún sin saber qué quería hacer, tomó su mano. Jose subió las escaleras de nuevo y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Se quedó quieto en el centro de la habitación y atrajo a Miguel hacia él. Éste puso las manos en su cintura, pero Jose se las cogió y las llevó hasta el centro de su pecho.
- Sé que tu no puedes, y te comprendo. Pero quiero que sepas que estoy aquí, para ti. Y que no te dejaré nunca... – Los ojos de Miguel se llenaron de lágrimas, por todas las emociones vividas en aquel día. Jose empezó a desabrocharse la camisa lentamente, pero cuando iba por la mitad, tomó las manos de Miguel de nuevo y las llevó hasta sus hombros, tomándole él esta vez por la cintura y mirándole fijamente a los ojos. Era increíble la compenetración que tenían, tan solo bastó una mirada para que Miguel entendiera. Le quitó la camisa, suavemente, dejandola caer. Jose se quitó él mismo los pantalones y juntos se tumbaron en la cama, la espalda de uno pegada contra el pecho de otro. Miguel estiró la mano y apagó la luz.
En mitad de la noche, Miguel se despertó con una pesadilla, temblando y cubierto por un sudor frio. Jose ni siquiera tuvo que abrir los ojos. Abrió los brazos y suavemente acogió en ellos a Miguel, dandole calor para que dejara de temblar. Le besó suavemente en la frente para que conciliara el sueño de nuevo. De pronto el bramido de una tormenta hizo estremecerse a Miguel entre los brazos de Jose, que le abrazó más fuerte y esta vez, consiguió calmarle. Juntos durmieron toda la noche.
In restless dreams I walked alone narrow streets of cobblestone, beneath the halo of a street lamp I turned my collar to the cold and damp, when my eyes were stabbed by the flash of a neon light that split the night and touched the sound of silence...
La mañana amaneció lluviosa, muy gris y triste. Cuando Jose se despertó, estaba solo en la cama. Aún permanecía el calor de los dos cuerpos que habían dormido juntos toda la noche así que intuyó que no se había levantado hace mucho. Agudizó el oído y,, más allá del ruido de la lluvia que golpeaba suavemente el tejado, le oyó trastear por la cocina. Olía a café caliente, y Jose aguardó en la cama conociendo lo siguiente que venía. Miguel no se hizo esperar y apareció en la puerta, con dos tazas de café humeante.
Sabía, por las veces que habían dormido juntos, que no pasaba mucho tiempo entre que él se levantaba y se despertaba Jose. Por algún tipo de mimetismo extraño, la cama se hacía rara sin alguno de los dos. Cuando volvían a sus respectivas casas, en la ciudad, siempre les costaba un par de noches acostumbrarse a la solitaria individualidad de sus camas, en vez de el espacio y el calor de una cama compartida...
Jose cogió la taza y miró a los ojos a Miguel, sonriendo. Éste se metió de nuevo en la cama, recostandose contra el cabecero y dejando que Jose se recogiera en su regazo. Ambos apoyaron las tazas en el cuerpo del otro, proporcionándose una tibieza agradable, al contacto con la loza.
- ¿Qué vamos a hacer hoy? – preguntó Jose.
- La verdad es que no tenía pensado nada... ya sabes que no me gusta planificar los días de antemano...
- Bueno ... por lo pronto podemos quedarnos en la cama un rato ... y luego, ya vemos ...
Miguel empezó a peinarle con sus dedos, pasando la mano por su pelo suave despacio. Luego recorrió sus hombros hasta su espalda, descubriendo de nuevo aquel cuerpo maravilloso que el destino le había puesto en el camino. Jose, por su parte, acariciaba la otra mano de Miguel con suavidad.
La lluvia no cesó de caer en todo el día, como una cortina transparente que intentaba proteger la intimidad de los amantes. Sin embargo al ir acercándose el ocaso, el cielo fue despejándose y para la hora de la puesta del sol, el cielo les brindó un espectáculo increíble. El sol que moría se reflejaba sobre los árboles y la hierba mojada, y una brisa fria pero cargada de olores les envolvía. Envueltos en la suavidad de una manta contemplaron, sin decir ni una palabra, la belleza de aquel paisaje.
Miguel, apoyando la cabeza en el hombro de Jose, pensaba en lo mucho que había cambiado su vida.
Jose, acariciando suavemente los brazos de Miguel, pensó en la increíble suerte que tenía de haberle encontrado.
Y quedaron así hasta que cayó la noche.
And in the naked light I saw ten thousand people, maybe more; people talking without speaking, people hearing without listening, people writing songs that voices never shared ... No one dared disturb the sound of silence.
El pueblo como siempre estaba lleno de gente, gente de todos los tipos y tribus. Jose condujo el coche hasta un lugar un poco apartado, para evitar cualquier tipo de problemas con él. Ambos se bajaron y caminaron el uno al lado del otro por el camino de tierra hasta llegar a la zona de bares. El aire tras la tormenta se había vuelto más frio, y ambos llevaban las manos metidas en los bolsillos de los abrigos y las bufandas puestas. Pero se las quitaron rápido en cuanto entraron al bar, que como de costumbre tenía la calefacción encendida al tope.
- ¿Qué vas a querer? – le preguntó Miguel a Jose.
- Pídeme una cerveza, anda
Miguel sonrió y se encaminó hacia la barra a por las bebidas. Personalmente, se sentía más seguro en aquel sitio. Al fin y al cabo todas sus noches de la juventud las había pasado en ese bar con sus amigos de toda la vida, bebiendo una copa tras otra y hablando sobre cualquier tontería. Recordaba especialmente la noche en que les dio por mezclar sus respectivas copas y obtuvieron una mezcla que prácticamente provocó una reacción química en el vaso. Empezó a reirse discretamente y riendo llegó hasta la mesa en la que estaba esperándole Jose. Éste se alegró mucho de verle sonreir y bromear, e incluso cuando hablaba por los codos no hacía más que pensar que él era feliz en ese entorno.
¿Quién les iba a decir a ellos dos que acabarían compartiendo una misma cama? Cuando se vieron por primera vez en aquel ascensor lo primero que pensó Miguel fue “ vaya, otro cachitas creido “ y lo primero que pensó Jose fue “vaya, otro niño mimado ...“. Y la cosa no parecía poder mejorar cuando quien se llevó el puesto en la empresa fue Miguel. A decir verdad, la mirada con que le siguió asustaría a cualquiera. Sin embargo fue el destino quien hizo que se encontraran, un mes después, en el baño de esa misma oficina.
Jose entró al baño tras entregar el encargo, puesto que había conseguido trabajo en una empresa de mensajería. Le pareció oir un llanto suave que cesó en cuanto se cerró la puerta. Extrañado, abrió la puerta y la cerró, y al instante volvió a oirse el llanto , más claro. Se acercó a las puertas hasta que localizó de donde venía, y luego se retiró de nuevo hasta el lavabo a esperar. Al estar en el baño de hombres, solo podía ser un hombre quien lloraba y eso ya enternecía a Jose. Siempre había dicho que alguien capaz de derramar sus lágrimas era verdaderamente una persona.
De pronto se oyó el pestillo y la cadena, y la puerta se abrió dejando paso al chico que le había quitado el puesto. Ambos se quedaron parados, mirándose mutuamente con sorpresa. Miguel, pensando que había venido para pelearse o algo así. Y Jose, sin esperar que el que él consideraba un niñito mimado pudiera estar llorando en los servicios de una oficina comercial.
Y desde luego, ninguno de los dos esperaba encontrarse dos horas después, al acabar el turno de ambos, en una cafetería.
Fue un flechazo, de los que Jose creía que no existían y Miguel estaba tan escarmentado. Caminaban juntos por la calle, ya entrada la noche, camino de ninguna parte. Solo la luz de las farolas vomitada sobre el asfalto interrumpía aquel momento, cuando de pronto llegaron a una zona más bien oscura. Miguel se detuvo y Jose le imitó, sintiendo ambos el corazón latiendo a toda velocidad. Se encararon, perdiéndose por primera vez el uno en los ojos del otro y en plena oscuridad, se acercaron lentamente sus caras. De pronto pasó una pareja joven, heterosexual a su lado que les miró con simpatía, con ternura, y siguió su camino. Miguel alcanzó a oír como la chica decía “ y hacen buena pareja ¿verdad? “ y sonrió, girándose de nuevo y comprobando en la sonrisa franca de Jose que él también lo había oído.
- ¿Tú que crees? – preguntó, en voz baja a Jose.
- A mi me parece que sí – dijo éste, sonriendo.
Y se fundieron en un largo beso.
"Fools," said I, "you do not know silence like a cancer grows? Hear my words that I might teach you, take my arms that I might reach you" but my words like silent raindrops fell and echoed in the wells of silence.
Miguel bajó del coche y le hizo una seña a Jose para que bajara con él. Ambos caminaron por el sendero empedrado hasta la casa, y cerrando la puerta subieron hasta el cuarto.
La luna entraba en la habitación iluminándolo todo con un resplandor plateado, que bañó los cuerpos de los dos amantes en la quietud de la noche.
Sin palabras, simplemente... silencio.
And the people bowed and prayed to the neon god they made. And the sign flashed out its warning in the words that it was forming and the sign said "The words of the prophets are written on the subway walls and tenement halls and whispered in the sound of silence".
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