16 de abril de 2018

Un tiempo (Cara B: Ellos)

(recomendado para leer después de Un tiempo (Cara A)

Sentir el fantasma de un sentimiento, una nota discordante en una sonata que antes sonaba gloriosa. Una amarga sensación que te nace dentro y puedes intentar ignorar, pero sabes que te está hablando de algo que no está bien, que no es así.

Tener miedo de equivocarte, de renunciar, de perder la vida estando despierto pero a la vez perder el sueño por estar dormido. Es un lío de pensar, un lío de sentir y un lío de ser. Tener miedo, noble miedo, de hacer un daño innecesario a la gente, a las personas, a la persona. Sentir la incoherencia, el sentimiento. No estar convencido y a la vez saber que el tic-tac del reloj es irremediable. 

Cerrar puertas a muchas realidades que descubrir que en realidad encubren lo que no podemos ver, en un inconsciente colectivo muy dañado, muy maltrecho y muy traumatizado.
Luces en el cielo, una feria sin espectadores, todos al encuentro de todos.
Parques en silencio, risas apagadas por truenos de nubes de hierro.
Unos que desvían la mirada a otro lugar, pintan la historia a su antojo, su necesidad.
¿Cuándo evitaremos la hipnosis de ellos que tiñen realidades, esconden mil verdades? 
Gestos de desconcuelo, de perder la vida estando despierto,
de no poder ir más adentro, de perder la vida estando despierto.

Tú me hablabas y yo te daba respuestas absurdas y vacías. La vorágine que asolaba mi mente desde hacía días no tenía visos de finalizar, y la duda, la puta duda, la sombra cruel y voraz de la cabrona y jodida duda, no me abandonaba. Tenía que saber por qué dudaba de ti, de tus ojos y de tu mirada. Por qué lo que antaño, no hacía mucho, me había valido, por qué eso ahora ya no me podía valer. 

Y créeme cuando te digo que me dolía, y me dolía más que a ti, porque tú eras ajeno a todo esto que ocurría en mi interior, desde tu bendita ignorancia y gracias a mis dotes de actor aclamadas internacionalmente en ningún sitio. 

Me preocupaba sentir, me preocupaba no sentir. Me preocupaba que sintieras que no estaba sintiendo, o que sentía lo que no tenía que sentir. Me preocupaba encontrarme en situaciones anteriores, en momentos repetidos con mal final, sin supervivientes. Me preocupaba dejar un reguero de cadáveres allá donde pasaba buscando mi camino, y en lugar de caminar, me quedaba anclado en un punto fijo, bloqueado, sin querer continuar por miedo a errar el siguiente paso.
(A pesar de contar hoy con más herramientas que nunca para adoptar una mirada crítica ante los medios de comunicación, la sobreinformación, la fascinación tecnológica, la sutil manipulación política o el ingenio publicitario, nos ubican en un escenario poco prometedor...)  

Me pareció una broma cruel, un capricho de nuevo. Otro intento como la pared, que cantaban hace muchos años versionando de manera bastante horrible una canción que contiene mensajes ya de por sí contradictorios. 

Sopesé todas mis opciones, con calma. Compartí, posiblemente más de lo que debería, con certeza con demasiadas personas. Escuché todas las opiniones en algo que solamente yo debería opinar. Erré, sí, me equivoqué al pedir opiniones. Aún con las mejores intenciones, no hay absolutamente nadie que pueda saber lo que alberga un corazón más que su portador.

Ellos mueven el foco de luz, ellos cambian el color original.
Ellos pintan una nueva realidad, ellos fijan la historia a su antojo...

Entendí un mensaje claro y contundente. Tus ojos eran suaves, tus manos eran cariñosas. Tu piel era cálida y tus abrazos, acogedores. Tus labios eran sinceros mientras que los míos no lo eran. Siendo una persona de una belleza excepcional; siendo un corazón gigante con amor para todos; siendo un compañero de viaje a elegir, yo ya había elegido.

Había elegido las caricias que me faltaban, los mimos no recibidos, los abrazos rechazados. Los besos ignorados y olvidados. Había decidido tomar de ti lo que tú ofrecías como un pack, y desmenuzarlo en retazos que me sirvieran para mi oscuro propósito. Había entrado en el juego social de la oferta y la demanda, en el capitalismo feroz de lo emocional.

De manera inconsciente, había comenzado a destruirte. Pero de algún modo, algo en mi interior consiguió hacerme parar a tiempo. Antes de repetir una situación de no entendimiento y amargura. Antes de hacerte, hacerme, hacernos a todos un daño. 

De alguna manera, aunque sé que era lo más complicado de entender, yo había decidido lo mejor para ti, para mí, y para el futuro de ambos.
Gestos de desconcuelo, de perder la vida estando despierto,
de no poder ir más adentro, de perder la vida estando despierto.

Eso no impidó que las lágrimas corrieran libres por mi cara mientras dejaba atrás, de nuevo, la zona de confort. Y es que hay viajes en los que el dolor forma, sí o sí, parte del camino a ninguna parte.


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario