«Es muy sano decir que no» fueron las palabras con las que la directora del colegio zanjó la discusión sobre lo que se convertiría en años de bullying (ver "(No) es cosa de niños") y supongo que, en parte, fueron unas palabras que se marcaron en mi mente como 'consejo a NO seguir' vistas las circunstancias posteriores. Un consejo envenenado, pero un consejo nonetheless.
'Decir que no' parece la actividad más sencilla del mundo. Dos letras, una consonante, una vocal; una sola sílaba y además una de las primeras palabras que aprendemos cuando empezamos a hablar o a aprender un idioma. Pero todas las connotaciones que tiene esa palabreja infernal pueden acabar por mellar la salud, las fuerzas y el espíritu de hasta la persona más fuerte.
No decir que no supone decir que sí a todo por encima de tus fuerzas, tus deseos, tus necesidades vitales. Supone prostituir tu tiempo, tu espacio, tu descanso, hasta tu dinero. No decir que no, y por lo tanto, decir que sí, supone aceptar de manera implícita un nivel de servilismo que está sutilmente manipulado por los hilos de los demás.
Realmente, más de la mitad de las veces que estamos diciendo que sí cuando querríamos decir que no, estamos violando salvajemente nuestro propio ritmo, estamos pidiendo que nos quieran poniéndonos al servicio de los designios de los demás. Estamos buscando una retribución por una acción. Estamos buscando que los demás actúen como actuaríamos nosotros para intentar acelerar la acción kármica, con un éxito arrollador. Porque desde donde estamos haciendo las cosas, recibimos exactamente lo que estamos buscando: una lección ejemplar.
Sí, señora mía. Es muy sano decir que no. Le pese a quien le pese.
Pocas veces he dicho NO rotundamente. Pero esas pocas perduran, permanecen; sus razones inalterables, sus motivos incuestionables, porque son MÍOS y no he de dar ninguna explicación a nadie.
Y sí, me apropio de una frase con sentimiento feminista y que busca anular la superioridad machito-machista-neardenthal, justamente con ese mismo sentido. Porque no hay peor homofobia que la homofobia interiorizada de los homósexualófobos (palabro que me saco del talento).
Porque hoy en día sigo pensando que ese NO, entre lágrimas, desde la más profunda de la desesperación, supuso un antes y después en mi vida, supuso una válvula de escape, supuso una salida que iba a ocurrir inexorablemente. Supuso volver a nacer cuando estaba a punto de morir.
Y por muchos años más.
Sí, señora mía. Es muy sano decir que no. Le pese a quien le pese.
Pocas veces he dicho NO rotundamente. Pero esas pocas perduran, permanecen; sus razones inalterables, sus motivos incuestionables, porque son MÍOS y no he de dar ninguna explicación a nadie.
NO ES NO. Y es más, NO FUE NO, y NO SERÁ NO.
Y sí, me apropio de una frase con sentimiento feminista y que busca anular la superioridad machito-machista-neardenthal, justamente con ese mismo sentido. Porque no hay peor homofobia que la homofobia interiorizada de los homósexualófobos (palabro que me saco del talento).
Porque hoy en día sigo pensando que ese NO, entre lágrimas, desde la más profunda de la desesperación, supuso un antes y después en mi vida, supuso una válvula de escape, supuso una salida que iba a ocurrir inexorablemente. Supuso volver a nacer cuando estaba a punto de morir.
NO SIGUE SIENDO NO.
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